La candidez
de mi niñez me hizo creer, con la fe ciega de los niños, que lo nuestro sería
eterno. Que el tiempo no pasaría por nosotros y que las tardes nunca tendrían
fin.
Éramos
tan pequeños que jugábamos a los mosqueteros sin saber aún quién era Alejandro
Dumas, y conquistábamos el espacio jugando a ser astronautas sin conocer por
nuestra edad la historia de la perra Laika.
Para
mí, el universo empezaba y terminaba donde estabas tú.
Como eras el mayor, asumiste de forma natural
el papel de maestro cuando el mundo me resultaba indescifrable.
Pero,
sobre todo, fuiste mi protector…
Incluso
frente a nuestra propia familia, cuando las travesuras se nos iban de las
manos, tú dabas un paso al frente, dando la cara por mí y dejando que el
castigo cayera sobre tus hombros solo para resguardarme de nuestros padres y
del mundo.
Pasaron tantas cosas...
Verte
despertar a mi lado cada día me hizo caer en la dulce trampa de pensar que
jamás te irías. Pero la vida no se detiene por nadie ni para nadie.
Un
día, una princesa se cruzó en tu camino y nos separamos casi sin espacio para
darnos un simple adiós.
Te
confieso que me costó adaptarme a tu ausencia…
Sentí
ese vacío durante años, hasta que con el tiempo mi vida volvió a fluir como un
río que sigue su curso arrastrando lo bueno y lo malo.
Dábamos por sentado que nos queríamos, aunque
esa frase jamás hubiera salido de nuestra boca. Nos bastaba con saberlo y
sentirlo en nuestro corazón.
Hasta
que, siendo ya un adolescente, cayó en mis manos El club de los poetas muertos…
Algo
se agitó muy dentro de mí al leerlo; fue el detonante perfecto para entender
que la vida se nos escurre entre los dedos y que no podía regalarle ni un solo
segundo más al silencio.
Por eso, cuando el destino nos volvió a juntar
tras tanto tiempo, no lo dudé. Las primeras palabras que salieron de mi
garganta fueron un "te quiero".
Y hoy
te las repito, no solo por la sangre que nos une o por ser mi hermano, sino
porque siempre serás mi guía, mi refugio y mi inseparable capitán.
Alejandro Maginot
