Éramos
muy jóvenes. Tan jóvenes que empezábamos a descubrir el sexo y el amor con un
único sentido: el de la curiosidad.
Para nosotros, el amor no era una certeza ni
el sexo una técnica aprendida en pantallas o libros; era un territorio sin
cartografiar. Teníamos esa audacia torpe de los que no saben a qué le tienen
miedo. Cada mirada sostenida más de la cuenta era un experimento; cada roce de
manos en la penumbra, una pregunta que no nos atrevíamos a formular en voz
alta.
No había prisa, porque ni siquiera sabíamos
hacia dónde íbamos. Nos movía la fascinación de ver cómo reaccionaba el cuerpo
del otro, el asombro de descubrir que una piel podía estar tan caliente o que
un suspiro cerca del cuello podía hacer que el corazón tropezara. Éramos como
dos niños jugando con fuego por primera vez: no nos preocupaba quemarnos, solo
nos encandilaba la luz.
Todo
en nosotros era curiosidad. Nos intrigaba lo más simple y a la vez lo más
complejo: la manera exacta en que debíamos hablarnos cuando la luz se apagaba,
la inclinación justa de la cabeza para que los labios encajaran sin tropezar,
la fuerza exacta de una caricia para que reconfortara sin abrumar. Aprendíamos
un idioma nuevo sin diccionario.
Pero cuando el sexo entraba en escena, la
curiosidad daba un paso más allá y se convertía en experimentación.
Ya no se trataba solo de contemplar al otro,
sino de poner a prueba los límites de nuestro propio cuerpo. Todo era un
laboratorio improvisado bajo las sábanas. Probar a rozar una zona que no
habíamos tocado antes solo para ver si la respiración se aceleraba; cambiar el
ritmo de un beso para medir el efecto de la pausa; aprender a descifrar el
lenguaje secreto de los escalofríos. No había reglas ni un guion que seguir,
solo la fascinación compartida de estar inaugurando, juntos, un mundo completamente
nuevo.
El
equilibrio en nuestras edades no fue un detalle menor; fue el verdadero factor
decisivo. Teníamos los mismos años, las mismas dudas y la misma hambre de
mundo. Nadie enseñaba a nadie, nadie llevaba la delantera; caminábamos a la par
por ese terreno desconocido.
Los gustos coincidían con una naturalidad
pasmosa, como si nuestras mentes escucharan la misma frecuencia. La adrenalina
corría por nuestros cuerpos en dosis idénticas: ese vértigo antes de quitarnos
la ropa, ese cosquilleo en el estómago que nos aceleraba el pulso exactamente
al mismo tiempo.
Y el deseo... el deseo era un universo
infinito, pero milagrosamente sintonizado. Ni un gramo de más, ni un gramo de
menos. Una balanza perfecta donde ninguno de los dos pedía más de lo que el
otro estaba dispuesto a entregar, y donde cada caricia encontraba su eco exacto
en la piel del otro. Éramos dos fuerzas iguales colisionando en silencio.
Tú
bajabas por la acera calle abajo, calle abajo tú bajabas por la acera.
Era una acera inestable, traicionera, con las
baldosas sueltas y ariscas para tus pies; una cuesta fea, gris y empinada que
parecía empeñada en desafiar tu figura. Pero había algo hipnótico en tu forma
de batallar contra ese suelo imperfecto. Cada paso tuyo era una pequeña
victoria contra la gravedad, un equilibrio sutil entre la duda de la pisada y
la elegancia natural con la que sostenías el cuerpo.
Te veía descender desde la distancia, ajena al
suelo defectuoso que pisabas y a la inclinación que te empujaba hacia adelante.
La calle ponía el obstáculo, pero tú ponías la música. Y en medio de esa
fealdad de cemento desgastado y firme roto, tu silueta era lo único que daba
sentido a la tarde.
Traías
bajo el brazo un libro de geografía y una libreta de color azul. Apretabas
ambos contra el pecho, como si te aferraras a ellos para no perder el
equilibrio en aquella cuesta traicionera. Tu cara denotaba celeridad y una leve
preocupación, esa arruga fina entre las cejas que te salía cuando el tiempo se
te escabullía de las manos.
Quizás llegabas tarde a algún sitio. Alguna obligación
gris, algún aula silenciosa o un compromiso rutinario... un lugar que, en el
fondo, no te haría ninguna justicia. Porque tú no pertenecías a la prisa ni a
los relojes. Tu belleza parecía haber sido forjada para descansar en las
páginas de un cuento de hadas, no para desgastarse en carreras por aceras
defectuosas con la geografía del mundo a cuestas.
Y, sin embargo, ahí ibas: la fantasía
caminando en mitad de la prisa del día a día.
No
corrías. Tu paso no era un trote desesperado, sino un andar firme y sin pausa,
con el compás de quien lleva prisa por dentro pero no quiere perder la
compostura por fuera.
Y mientras te acercabas, yo por dentro gritaba
en un silencio ensordecedor: ¿Quién
eres tú?
Fue solo un instante, pero al cruzarse
nuestras miradas, la luz de tus ojos verdes atravesó la tarde. Tenían la fuerza
de una tormenta tranquila.
En
apenas un segundo, con la brevedad de un parpadeo, esos ojos borraron de mí
todo lo que creía saber hasta entonces. Me has reseteado. Has borrado el mapa
de mi pasado, las certezas que guardaba en los bolsillos y los nombres que
conocía. La memoria del mundo se apagó y mi vida, la de verdad, empezó a nacer
justo en el segundo en que bajaste aquella cuesta.
El
mundo seguía girando a nuestro alrededor: el tráfico lejano, el roce de otros
peatones, el viento ligero de la tarde. Pero para mí, todo se detuvo en seco
cuando nuestras órbitas colisionaron.
Ella seguía bajando la cuesta con ese paso
firme, sin pausa. Yo estaba allí, quieto, como un poste clavado en la acera
inestable. Y de repente, sus ojos verdes dejaron de mirar hacia el suelo
traicionero y se clavaron en los míos.
Fue un impacto silencioso, una sacudida
eléctrica que me recorrió la espina dorsal. No hubo preámbulos, ni
advertencias. Solo la súbita certeza de que algo irrevocable acababa de
suceder. La celeridad y la preocupación que había adivinado en su rostro
parecieron congelarse, suspendidas en el aire entre nosotros.
A medida que la distancia se acortaba, el
detalle de su figura forjada para un cuento de hadas se volvió abrumador. Pude
ver el ligero balanceo de la libreta azul bajo su brazo, el brillo del sol
poniente atrapado en su cabello, la tensión sutil en sus hombros por la prisa.
El aire se volvió denso, difícil de respirar.
Cada paso suyo hacia mí era un redoble de tambor en mi pecho. ¿Quién eres tú?, seguía
gritando mi interior, pero mis labios estaban sellados por el asombro.
Llegó a mi altura. La inercia de la cuesta la
empujaba ligeramente. Y entonces, en el punto exacto donde nuestras
trayectorias se cruzaban, ocurrió. Sus ojos verdes sostuvieron la mirada un
segundo de más. Una eternidad condensada en un parpadeo. Pude ver la curiosidad
nacer en ellos, reflejando la mía propia.
No hubo palabras, no todavía. Solo la colisión
silenciosa de dos mundos que, sin saberlo, llevaban tiempo buscándose en mapas
equivocados. Ella no se detuvo del todo, pero su ritmo flaqueó, su paso se
volvió imperceptiblemente más lento. Y yo... yo simplemente dejé de existir tal
como me conocía, para empezar a ser alguien que solo recordaría su vida a
partir de ese bendito cruce en la acera fea.
Éramos
muy jóvenes, tan jóvenes que empezábamos a descubrir el sexo y el amor con un
único sentido: el de la curiosidad.
La curiosidad en la juventud no es morbo ni
prisa; es un hambre limpia, un instinto casi científico de querer comprender lo
inexplorado. No teníamos referentes claros ni una guía que nos dijera cómo se
sentía el mundo real al otro lado de la teoría. Para nosotros, el amor no era
una meta ni el sexo una destreza aprendida: era un territorio virgen, una
tierra incógnita que solo se podía cartografiar a base de intuición.
Todo en nosotros empezaba por una pregunta
invisible. Había curiosidad por el tono de la voz, por descifrar cómo hablar
cuando nos quedábamos a solas y el silencio empezaba a pesar. ¿Había que
susurrar? ¿Había que decir cosas profundas o bastaba con dejar que las palabras
torpes llenaran el espacio? Aprendíamos a sostener la mirada sin pestañear
demasiado, midiendo la distancia exacta en la que un aliento empieza a rozar
las mejillas.
Y luego estaban los besos. No sabíamos besar
con la soltura que da la costumbre, y ahí radicaba su verdadera magia. Todo era
un ensayo pausado: la inclinación leve de la cabeza, el titubeo de las narices
al chocarse antes de tiempo, el calor repentino en los labios y esa risa floja
que se escapa cuando la torpeza nos delataba. Cada beso era una frontera
cruzada, una confirmación de que el otro no solo estaba cerca, sino que quería
estar ahí.
Las caricias también eran un idioma en
construcción. Rozar una mano no era un gesto rutinario; era un evento que
paralizaba el pulso. Acariciar la nuca, deslizar los dedos por el borde de la
camiseta o medir la temperatura de la piel en la muñeca se sentían como
descubrimientos revolucionarios. No buscábamos poseer al otro, sino entenderlo.
Teníamos la fascinación inocente de quien toca por primera vez una materia
desconocida y descubre que responde, que tiembla, que busca más.
La curiosidad era nuestra brújula. Nos volvía vulnerables,
sí, pero también nos dotaba de una atención absoluta a cada pequeño detalle. No
había pasado al que recurrir ni futuro por el que preocuparse; solo existía el
asombro presente de estar descubriéndonos el uno al otro, un milímetro a la
vez.
Alejandro Maginot
