miércoles, 29 de julio de 2026

La Curiosidad

 





 Éramos muy jóvenes. Tan jóvenes que empezábamos a descubrir el sexo y el amor con un único sentido: el de la curiosidad.

 Para nosotros, el amor no era una certeza ni el sexo una técnica aprendida en pantallas o libros; era un territorio sin cartografiar. Teníamos esa audacia torpe de los que no saben a qué le tienen miedo. Cada mirada sostenida más de la cuenta era un experimento; cada roce de manos en la penumbra, una pregunta que no nos atrevíamos a formular en voz alta.

 No había prisa, porque ni siquiera sabíamos hacia dónde íbamos. Nos movía la fascinación de ver cómo reaccionaba el cuerpo del otro, el asombro de descubrir que una piel podía estar tan caliente o que un suspiro cerca del cuello podía hacer que el corazón tropezara. Éramos como dos niños jugando con fuego por primera vez: no nos preocupaba quemarnos, solo nos encandilaba la luz.

 Todo en nosotros era curiosidad. Nos intrigaba lo más simple y a la vez lo más complejo: la manera exacta en que debíamos hablarnos cuando la luz se apagaba, la inclinación justa de la cabeza para que los labios encajaran sin tropezar, la fuerza exacta de una caricia para que reconfortara sin abrumar. Aprendíamos un idioma nuevo sin diccionario.

 Pero cuando el sexo entraba en escena, la curiosidad daba un paso más allá y se convertía en experimentación.

 Ya no se trataba solo de contemplar al otro, sino de poner a prueba los límites de nuestro propio cuerpo. Todo era un laboratorio improvisado bajo las sábanas. Probar a rozar una zona que no habíamos tocado antes solo para ver si la respiración se aceleraba; cambiar el ritmo de un beso para medir el efecto de la pausa; aprender a descifrar el lenguaje secreto de los escalofríos. No había reglas ni un guion que seguir, solo la fascinación compartida de estar inaugurando, juntos, un mundo completamente nuevo.

 El equilibrio en nuestras edades no fue un detalle menor; fue el verdadero factor decisivo. Teníamos los mismos años, las mismas dudas y la misma hambre de mundo. Nadie enseñaba a nadie, nadie llevaba la delantera; caminábamos a la par por ese terreno desconocido.

 Los gustos coincidían con una naturalidad pasmosa, como si nuestras mentes escucharan la misma frecuencia. La adrenalina corría por nuestros cuerpos en dosis idénticas: ese vértigo antes de quitarnos la ropa, ese cosquilleo en el estómago que nos aceleraba el pulso exactamente al mismo tiempo.

 Y el deseo... el deseo era un universo infinito, pero milagrosamente sintonizado. Ni un gramo de más, ni un gramo de menos. Una balanza perfecta donde ninguno de los dos pedía más de lo que el otro estaba dispuesto a entregar, y donde cada caricia encontraba su eco exacto en la piel del otro. Éramos dos fuerzas iguales colisionando en silencio.

 Tú bajabas por la acera calle abajo, calle abajo tú bajabas por la acera.

 Era una acera inestable, traicionera, con las baldosas sueltas y ariscas para tus pies; una cuesta fea, gris y empinada que parecía empeñada en desafiar tu figura. Pero había algo hipnótico en tu forma de batallar contra ese suelo imperfecto. Cada paso tuyo era una pequeña victoria contra la gravedad, un equilibrio sutil entre la duda de la pisada y la elegancia natural con la que sostenías el cuerpo.

 Te veía descender desde la distancia, ajena al suelo defectuoso que pisabas y a la inclinación que te empujaba hacia adelante. La calle ponía el obstáculo, pero tú ponías la música. Y en medio de esa fealdad de cemento desgastado y firme roto, tu silueta era lo único que daba sentido a la tarde.

 Traías bajo el brazo un libro de geografía y una libreta de color azul. Apretabas ambos contra el pecho, como si te aferraras a ellos para no perder el equilibrio en aquella cuesta traicionera. Tu cara denotaba celeridad y una leve preocupación, esa arruga fina entre las cejas que te salía cuando el tiempo se te escabullía de las manos.

 Quizás llegabas tarde a algún sitio. Alguna obligación gris, algún aula silenciosa o un compromiso rutinario... un lugar que, en el fondo, no te haría ninguna justicia. Porque tú no pertenecías a la prisa ni a los relojes. Tu belleza parecía haber sido forjada para descansar en las páginas de un cuento de hadas, no para desgastarse en carreras por aceras defectuosas con la geografía del mundo a cuestas.

 Y, sin embargo, ahí ibas: la fantasía caminando en mitad de la prisa del día a día.

 No corrías. Tu paso no era un trote desesperado, sino un andar firme y sin pausa, con el compás de quien lleva prisa por dentro pero no quiere perder la compostura por fuera.

 Y mientras te acercabas, yo por dentro gritaba en un silencio ensordecedor: ¿Quién eres tú?

 Fue solo un instante, pero al cruzarse nuestras miradas, la luz de tus ojos verdes atravesó la tarde. Tenían la fuerza de una tormenta tranquila.

 En apenas un segundo, con la brevedad de un parpadeo, esos ojos borraron de mí todo lo que creía saber hasta entonces. Me has reseteado. Has borrado el mapa de mi pasado, las certezas que guardaba en los bolsillos y los nombres que conocía. La memoria del mundo se apagó y mi vida, la de verdad, empezó a nacer justo en el segundo en que bajaste aquella cuesta.

 El mundo seguía girando a nuestro alrededor: el tráfico lejano, el roce de otros peatones, el viento ligero de la tarde. Pero para mí, todo se detuvo en seco cuando nuestras órbitas colisionaron.

 Ella seguía bajando la cuesta con ese paso firme, sin pausa. Yo estaba allí, quieto, como un poste clavado en la acera inestable. Y de repente, sus ojos verdes dejaron de mirar hacia el suelo traicionero y se clavaron en los míos.

 Fue un impacto silencioso, una sacudida eléctrica que me recorrió la espina dorsal. No hubo preámbulos, ni advertencias. Solo la súbita certeza de que algo irrevocable acababa de suceder. La celeridad y la preocupación que había adivinado en su rostro parecieron congelarse, suspendidas en el aire entre nosotros.

 A medida que la distancia se acortaba, el detalle de su figura forjada para un cuento de hadas se volvió abrumador. Pude ver el ligero balanceo de la libreta azul bajo su brazo, el brillo del sol poniente atrapado en su cabello, la tensión sutil en sus hombros por la prisa.

 El aire se volvió denso, difícil de respirar. Cada paso suyo hacia mí era un redoble de tambor en mi pecho. ¿Quién eres tú?, seguía gritando mi interior, pero mis labios estaban sellados por el asombro.

 Llegó a mi altura. La inercia de la cuesta la empujaba ligeramente. Y entonces, en el punto exacto donde nuestras trayectorias se cruzaban, ocurrió. Sus ojos verdes sostuvieron la mirada un segundo de más. Una eternidad condensada en un parpadeo. Pude ver la curiosidad nacer en ellos, reflejando la mía propia.

 No hubo palabras, no todavía. Solo la colisión silenciosa de dos mundos que, sin saberlo, llevaban tiempo buscándose en mapas equivocados. Ella no se detuvo del todo, pero su ritmo flaqueó, su paso se volvió imperceptiblemente más lento. Y yo... yo simplemente dejé de existir tal como me conocía, para empezar a ser alguien que solo recordaría su vida a partir de ese bendito cruce en la acera fea.

 Éramos muy jóvenes, tan jóvenes que empezábamos a descubrir el sexo y el amor con un único sentido: el de la curiosidad.

 La curiosidad en la juventud no es morbo ni prisa; es un hambre limpia, un instinto casi científico de querer comprender lo inexplorado. No teníamos referentes claros ni una guía que nos dijera cómo se sentía el mundo real al otro lado de la teoría. Para nosotros, el amor no era una meta ni el sexo una destreza aprendida: era un territorio virgen, una tierra incógnita que solo se podía cartografiar a base de intuición.

 Todo en nosotros empezaba por una pregunta invisible. Había curiosidad por el tono de la voz, por descifrar cómo hablar cuando nos quedábamos a solas y el silencio empezaba a pesar. ¿Había que susurrar? ¿Había que decir cosas profundas o bastaba con dejar que las palabras torpes llenaran el espacio? Aprendíamos a sostener la mirada sin pestañear demasiado, midiendo la distancia exacta en la que un aliento empieza a rozar las mejillas.

 Y luego estaban los besos. No sabíamos besar con la soltura que da la costumbre, y ahí radicaba su verdadera magia. Todo era un ensayo pausado: la inclinación leve de la cabeza, el titubeo de las narices al chocarse antes de tiempo, el calor repentino en los labios y esa risa floja que se escapa cuando la torpeza nos delataba. Cada beso era una frontera cruzada, una confirmación de que el otro no solo estaba cerca, sino que quería estar ahí.

 Las caricias también eran un idioma en construcción. Rozar una mano no era un gesto rutinario; era un evento que paralizaba el pulso. Acariciar la nuca, deslizar los dedos por el borde de la camiseta o medir la temperatura de la piel en la muñeca se sentían como descubrimientos revolucionarios. No buscábamos poseer al otro, sino entenderlo. Teníamos la fascinación inocente de quien toca por primera vez una materia desconocida y descubre que responde, que tiembla, que busca más.

 La curiosidad era nuestra brújula. Nos volvía vulnerables, sí, pero también nos dotaba de una atención absoluta a cada pequeño detalle. No había pasado al que recurrir ni futuro por el que preocuparse; solo existía el asombro presente de estar descubriéndonos el uno al otro, un milímetro a la vez.

 


  Alejandro Maginot



2 comentarios:

  1. Ya la imagen nos va descubriendo la historia unos adolescentes inexpertos, pero con ganas de descubrir la piedra filosofal de la vida.
    Ybvaya que la descubren paso a paso y sin prisa, algo que les llenará cada momento de sus tempranas vidas.
    Un precioso recorrido por la propia naturaleza de la vida que ves descubrirse a uno mismo , y descubrir a la otra persona que te hace brillar mucho más , con esa ternura, deseo y porqué no ese primer amor.
    Toda una declaración de intenciones y buenos recuerdos q quizás estén presentes aquí y ahora
    Un fuerte abrazo, que sigas disfrutando de este calor sofocante que nos abrasa , pero tan bien nos caliente el alma.


    s

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  2. Nada más que añadir y mucho menos que restar. Esta en el sitio y en el renglón precio... gracias mi estimada y querida amiga.
    En una clase de matemáticas, tu seria el signo sumar... porque siempre sumas jamás restas y eso es algo imprescindible en la vida.
    Así que todo mi agradecimiento y deseando que pases un verano efervescente pero sin calor.
    Abrazos para todos en esa familia tan maravillosa que tienes.

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