miércoles, 16 de septiembre de 2026

Último capítulo

 




CAPÍTULO LVII

 Donde la falta del abono al posadero, hace volar a Sancho en un manteo:

⸻ ¡Pagad decid! señor posadero, con honra y no con moneda os pagare, que caballero andante jamás la bolsa despega. La fama de mis hazañas paga de sobra la cena, ¡y la paja de los jumentos no vale tanto la pena!

⸻ ¡Qué honra ni qué demonios, hidalgo de tres al cuarto! ¡Que de tanta palabrería ya me tenéis bien harto! Si no soltáis los maravedíes por la cama y el potaje, ¡vuestro escudero de panza pagará por el viaje!

⸻ ¡Ay, mi señor Don Quijote, soltad un trozo de cobre! ¡Que este ventero bellaco no entiende de espíritu pobre! Mirad que tres mozos fuertes, con carnes de picador, van sacando una brazada de aspecto bastante fiero...

⸻ ¡Resiste, Sancho, resiste, que es prueba de encantamiento! ¡No temas a la lona ni a la fuerza del viento!

 Y entre cuatro bergantes, con ganas y sin piedad, pusieron al pobre Sancho en trance de gravedad. Pillaron la manta recia por los cuatro costados, y al gordo de Sancho Panza lanzaron encabritados.

⸻ ¡Arriba el gordo volantín, que vuele hacia las estrellas!

 Gritaban los desalmados riéndose de su berrea.

⸻ ¡Por la virgen de la Cueva, bajadme de este altozano! ¡Que me se van a salir los garbanzos del verano! ¡Señor, socorra a su criado, que voy rozando el tejado, y del aire que me entra me voy a quedar pasmado!

⸻ ¡Espera, Sancho, sostén el aire en los pulmones! ¡Qué vas pareciendo un globo inflado por el viento! Quisiera saltar la barda para darles su escarmiento, más un hechizo malvado me clava aquí de momento.

⸻ ¡Menos palabrería y tire un trago de vino! ¡Que cada vez que yo bajo veo más cerca mi destino! ¡Adiós, Teresa Panza! ¡Adiós, mi burra querida! ¡Que por no pagar tres reales se me va volando la vida!

 Subía Sancho chillando, bajaba dando piruetas, parecía una zapatilla en manos de tres marionetas. Siete veces fue al cielo, ocho veces cayó en el paño, hasta que los mantenedores se cansaron del peso del querido Sancho.

 Lo dejaron en el suelo, mareado y sudoroso, echando por la boca trozo de tocino muy espantoso.

⸻ ¿Viste, Sancho, cómo el arte de la magia te ha elevado?

 Dijo don Quijote al acercarse, bastante preocupado.

⸻ Lo que vi, mi buen señor, entre vuelo y revolcón, es que la falta de abono trae esta gran diversión. La próxima vez que paremos en castillo o en taberna, ¡pague usted con dinero fresco o me romperán la cadera o lo que es peor la cabeza!

 

Alejandro Maginot

 

 

domingo, 13 de septiembre de 2026

Las aventuras del Hidalgo II

 




CAPÍTULO LVI

 Donde la ingle de Sancho esta rozada y erosionada por el sudor que desprende después de comerse un potaje caliente:

⸻ Querido y estimado Sancho, veo que de tu pierna izquierda cojeas… no será que te ha mirado mal una oveja.

⸻ No se equivoque mi señor, es un roce en la Inglaterra que me hace andar como una doncella.

⸻ En la Inglaterra dices bribón, si somos de la mancha donde se cría el mejor melón… y no lo digo por ofenderte, porque melón bien lo eres, lo digo porque quizás quisiste decir que tienes una rozadura en la ingle.

⸻ ¡Cierto es, mi buen señor, que a la ingle me refería! más de tanto escozor la cabeza ya perdía. Es este fiero calzón, grueso como una pared, que con el sudor del potaje me tiene metido en red.

⸻ ¡Válgame la Gran Turquía, Sancho de mi corazón! ¡Confundir una rozadura con la pérfida nación! Mas no temas la erosión de tu carne tan mullida, que para semejante mal tengo yo la medicina.

⸻ ¿No me saldrá con el bálsamo de Fierabrás, mi señor? que nombrar ese brebaje me causa un frío sudor, que por la boca me saca hasta el alma y por la parte trasera me causa gran estupor.

⸻ ¡Calla, escudero cobarde, de poco y vil entendimiento! que no es potingue tragado, sino de afuera un untamiento. Tomaremos de un pino resina, manteca de un chivo tuerto, tres hojas de verdolaga y la pluma de un ave muerta.

⸻ ¿Untarme en la parte oscura esa mixtura tan parda? ¡Señor, con tanto mejunje se me va a encender la traca! Prefiero andar patizambo cual gallina terca y zancuda, que ponerme en los calzones esa pluma estrafalaria y cruda.

⸻ Paciencia, Sancho, paciencia, que el andar de la doncella no le sienta bien al vientre de persona tan oronda y fea. Mas dime, ¿qué llevó el potaje que tal fuego te ha encendido? ¿Acaso legumbre al pimentón que al infierno se ha llevado?

⸻ Llevaba ajo, mucho sebo y un chorizo bien picante, que al pasar por la gorguera parecía fuego ardiente. Y al bajar a las entrañas y juntarse con el calor, ¡se me ha puesto el bajo vientre como horno del mismísimo Lucifer!

⸻ ¡Oh, tragón descomedido, esclavo de la cecina! que por rellenar el cinto la salud misma te arruinas. Cabalga pues a horcajadas, con las piernas despatarradas, para que el aire manchego te enfríe esas posaderas que tienes tan asadas.

 

Alejandro Maginot


jueves, 10 de septiembre de 2026

Las aventuras del Hidalgo I

 




CAPÍTULO LV

 Donde se trata de la altísima contemplación en que entró Don Quijote sobre las anatomías de su señora Dulcinea, y de las sabias y temerosas razones que al respecto le dio Sancho Panza:

 Salía el sol dorando sobre las rastrojeras de la Mancha y espantando a los lagartos de las tapias cuando nuestros dos viajeros, caballero y escudero, caminaban a paso cansino por un sendero flanqueado de esparragueras.

 Iba Don Quijote sobre Rocinante, con la mirada perdida en las nubes y una sonrisa de bobo ilustrado que le desfiguraba el rostro, mientras Sancho, a lomos del Rucio, intentaba reajustarse los calzones, los cuales le aprisionaban las carnes con singular crueldad a causa de los torreznos del desayuno.

 De pronto, detuvo el hidalgo a su montura, suspiró de tal modo que pareció que se le salía el alma por los gaznates, y volviéndose hacia su escudero con gesto magno y solemnísimo, dijo:

- Querido Sancho, sé que dentro de esa corteza ruda y adiposa que te cubre guardas una vasta y profunda sabiduría, bien alimentada por el refranero de tus ancestros. Pero en este trance de amor que me abrasa, heme aquí en el deber de declararte una verdad más grande que la suma de todos los tomos de la caballería andante. Escucha atento, Sancho: si ancha es Castilla, desde las torres de Burgos hasta las dehesas de Sierra Morena… ¡más anchos y generosos son los pechos de mi señora Dulcinea del Toboso! Que con su vaivén majestuoso al caminar… ¡oh, milagro de la naturaleza! me ponen en un estado de tal desasosiego y bizarría que ando más salido que la muela de un oso hambriento en mitad del invierno.

 Quedóse Sancho mirando a su señor con los ojos desencajados y la boca abierta, imaginando no a la idealizada princesa de los sueños del hidalgo, sino a Aldonza Lorenzo, la mocetona del pueblo, cuyos bofetones a mano abierta solían tumbar a los quintos en las fiestas patronales.

 Rascóse el escudero la barba con parsimonia, reacomodó la albarda del jumento y, lanzando un resoplido que olía ligeramente a ajo frito, respondió:

- Con el debido respeto hablo a vuestra merced, señor Don Quijote, y sin ánimo de menoscabar la anchura de Castilla ni las rotundidades de doña Dulcinea, a la que Dios guarde en su santa gloria y mantenga bien abastecida de simientes. Pero le juro por la mamado en los pechos de mi madre que si yo me atreviese a decirle semejante galantería a mi Teresa —que Dios me la conserve lejos de la bodega—, o si intentase alabarle las pechugas a mi Sanchica con tales refinamientos tan despechugados, no vivía yo para contarlo. ¡Mía fe! Que mi mujer me arriaba con la tranca de la pajarera y me encapsulaba el cuerpo, de un solo empujón y sin levante, en el mismísimo culo de nuestra vaquita Perlita, donde iría yo a parar rodando como un garbanzo en tartera.

- ¡Calumnia y sandez!

 Exclamó Don Quijote, enrojeciendo de rabia y alzando la lanza hacia el cielo.

- Comparas el delicado bamboleo de mi parangón de hermosura con las rudezas de tu aldeana progenie. ¡No entiendes tú de los ritmos del amor cortés, villano!

- No entenderé de ritmos, mi señor.

 Replicó Sancho arreando al Rucio.

 - Pero entiendo de coces. Y le aseguro que la coz de la Perlita con un servidor encajado en sus posaderas es asunto de mucha más gravedad que todas las ferocidades del follón del encantador Frestón. Así que siga vuestra merced contemplando pechos lejanos, que yo bastante tengo con guardar las espaldas para que no me las mida mi Teresa.

 Y diciendo esto, continuaron su camino, dejando tras de sí un rastro de sosiego, entre el relinchar de Rocinante y los ventosidades amortiguadas del jumento.

 

Alejandro Maginot


miércoles, 9 de septiembre de 2026

Las aventuras del Hidalgo

 




CAPÍTULO LIV

 Un comienzo con más descalabro que acierto, donde el fervoroso caballero libra su batalla mientras se balancea entre botijos y tinajas:

 En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre prefiero no acordarme por puro apuro, despertó nuestro hidalgo a deshora, víctima del más horripilante de los encantamientos: la digestión rabiosa de tres platos de pisto con torreznos y queso curado.

 Convencido el caballero de que el malévolo sabio Frestón le había introducido un dragón en las entrañas, saltó de la cama en paños menores, blandió su oxidada espada y arremetió con furia ciega contra la penumbra del aposento.

 El pobre Sancho, que dormía a pie de cama y fue despertado por semejante estruendo, suplicaba entre sollozos: ¡Tenga piedad vuestra merced, que no es ningún gigante infernal, sino el botijo de la leche y el tinajón del aceite!

 Mas Don Quijote, sordo a la razón y ciego de gallardía, asestó tal estocada al menaje que acabó sepultado bajo una avalancha de aceite, queso frito y vinagre, declarando desde el suelo, con el yelmo torcido y el rostro bañado en salmuera, que jamás se había librado batalla más épica por el honor de su hermosa Dulcinea.

 

Alejandro Maginot


miércoles, 2 de septiembre de 2026

Mi Hermano

 




 La candidez de mi niñez me hizo creer, con la fe ciega de los niños, que lo nuestro sería eterno. Que el tiempo no pasaría por nosotros y que las tardes nunca tendrían fin.

 Éramos tan pequeños que jugábamos a los mosqueteros sin saber aún quién era Alejandro Dumas, y conquistábamos el espacio jugando a ser astronautas sin conocer por nuestra edad la historia de la perra Laika.

 Para mí, el universo empezaba y terminaba donde estabas tú.

 Como eras el mayor, asumiste de forma natural el papel de maestro cuando el mundo me resultaba indescifrable.

 Pero, sobre todo, fuiste mi protector…

 Incluso frente a nuestra propia familia, cuando las travesuras se nos iban de las manos, tú dabas un paso al frente, dando la cara por mí y dejando que el castigo cayera sobre tus hombros solo para resguardarme de nuestros padres y del mundo.

 Pasaron tantas cosas...

 Verte despertar a mi lado cada día me hizo caer en la dulce trampa de pensar que jamás te irías. Pero la vida no se detiene por nadie ni para nadie.

 Un día, una princesa se cruzó en tu camino y nos separamos casi sin espacio para darnos un simple adiós.

 Te confieso que me costó adaptarme a tu ausencia…

 Sentí ese vacío durante años, hasta que con el tiempo mi vida volvió a fluir como un río que sigue su curso arrastrando lo bueno y lo malo.

 Dábamos por sentado que nos queríamos, aunque esa frase jamás hubiera salido de nuestra boca. Nos bastaba con saberlo y sentirlo en nuestro corazón.

 Hasta que, siendo ya un adolescente, cayó en mis manos El club de los poetas muertos

 Algo se agitó muy dentro de mí al leerlo; fue el detonante perfecto para entender que la vida se nos escurre entre los dedos y que no podía regalarle ni un solo segundo más al silencio.

 Por eso, cuando el destino nos volvió a juntar tras tanto tiempo, no lo dudé. Las primeras palabras que salieron de mi garganta fueron un "te quiero".

 Y hoy te las repito, no solo por la sangre que nos une o por ser mi hermano, sino porque siempre serás mi guía, mi refugio y mi inseparable capitán.

 

 Alejandro Maginot

 

jueves, 20 de agosto de 2026

Unicornio

 




 No me llames diamante… cuando piensas que soy un dragón que solo escupe fuego por la boca.

 No digas a nadie que tienes un unicornio en casa… cuando me ves como una venenosa serpiente.

 No me alientes con tu aliento… cuando dejas que se derrumbe todo el amor que llevo dentro.

 Sé que no te importa si me levanto o caigo de bruces sobre un enorme cristal… haciendo añicos todo lo que podía recordar.

 Duele saber que la ternura era apenas un disfraz… una forma pulida en la fina maldad, para ignorar mis grietas y todo lo demás.

 Prometiste un estanque para guardar mis aguas… y me dejaste a solas contra la tormenta y el huracán.

 Quise entregarte las flores que crecen en la sombra, la raíz de este cariño que nadie más veía… pero prefieres la fábula de un monstruo en la penumbra a la simple verdad de mi mano tibia.

 Y sin embargo, entre los vidrios rotos, recojo las cenizas con cuidado y en silencio… no para reprocharte una casa vacía, sino para resguardar lo que me queda dentro de ese amor que me profesaste un día.

 Si he de ser un cristal sobre la tierra, que los filos no hieran la memoria de lo amado… fui refugio y fui entrega, fui verdad sin defensa, y me retiro en paz, aunque me duela el alma de tanto llorar.

 

 Alejandro Maginot

 

viernes, 14 de agosto de 2026

La aristocracia de la ignorancia

 





 Históricamente, el analfabetismo fue una herida trágica provocada por la falta de oportunidades; una privación que se sobrellevaba con la dignidad del humilde y con cierta conciencia de vulnerabilidad.

 La ignorancia no era un orgullo, sino una sombra que la sociedad aspiraba a disipar a través de la educación y el esfuerzo.

 Hoy asistimos a un fenómeno sin precedentes: la transición de la ignorancia involuntaria a la apología de la necedad.

 Jamás en la historia se había exhibido con tanta arrogancia el desdén por el conocimiento. Presumir de no haber abierto un solo libro en la vida se ha convertido en una estrafalaria insignia de autenticidad.

 Existe una hostilidad manifiesta hacia cualquier manifestación que huela, aunque sea remotamente, a rigor intelectual, a abstracción o a ese esfuerzo cognitivo que trasciende los impulsos más primarios.

 Los analfabetos contemporáneos representan la categoría más peligrosa de la decadencia cultural: el analfabeto funcional por elección.

 A diferencia de las generaciones pasadas, han tenido a su alcance la mayor infraestructura educativa e informativa de la historia humana.

 Saben descifrar signos y escribir palabras, pero han renunciado voluntariamente al ejercicio del juicio crítico.

 Su ceguera no proviene de la falta de luz, sino de la decisión explícita de cerrar los ojos.

 Esta renuncia no ocurre en el vacío…

 El mercado, astuto y voraz, ha detectado en esta masa complaciente al consumidor perfecto.

 Lejos de elevar el nivel del público, la industria cultural y el entretenimiento han optado por descender a ras del suelo.

 El mundo se está reconfigurando a la medida de esta nueva mayoría que usurpa el imperio de la razón: un ecosistema diseñado para la gratificación instantánea, donde lo complejo se penaliza y lo trivial se deifica.

 Todo debe ser fluido, digerible, superficial y anestésicamente primario, asegurando que ninguna idea exija un minuto más de atención del que exige un parpadeo.

 Así, la ignorancia ha dejado de ser una carencia marginal para convertirse en la nueva clase dominante.

 Es una hegemonía cultural invertida que impone sus códigos, su falta de estética y sus morbosas dinámicas de consumo.

 No solo dominan el mercado, sino que dictan la conversación pública y desmantelan la excelencia.

 Y en medio de este paisaje de conformismo industrializado, quedamos los disidentes de la banalidad: aquellos que insistimos en que el pensamiento es un refugio indispensable, y que aspirar a la belleza, al saber y a la profundidad no es un acto de pedantería, sino el último reducto de resistencia humana.

 

 Alejandro Maginot

 


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