lunes, 3 de agosto de 2026

Reflexión

 




 Hay parejas que se abrazan para sentirse vivas, y hay parejas que necesitan chocar para saber que todavía existen.

 Mateo y Elena pertenecían a este segundo grupo. Su amor no era una fogata tibia ni un refugio silencioso; era más bien un vínculo forjado en una aleación extraña, una cadena de menta y hiel.

 La menta traía ese frescor punzante que te espabila de golpe, que te quema los labios si la dejas demasiado tiempo; la hiel, una frialdad transparente y pesada que congelaba cualquier intento de tregua.

 No había fuego en el mundo capaz de fundir semejante eslabón, porque no era una cadena hecha de metal, sino de palabras no dichas, de miradas desafiantes y de una costumbre tan antigua como su propio primer encuentro.

 Para cualquiera que los mirara desde fuera, eran la imagen viva de la incompatibilidad.

 Ella, con la aspereza hermosa de una rosa que exhibe sus espinas antes que sus pétalos; él, como la ortiga, listo para escocer a la menor proximidad, devolviendo el contacto con una molestia inmediata y constante.

 Como un pez espada y una manta raya cruzándose en la penumbra del océano: uno es pura aguja, corte y dirección; la otra es una sombra de bordes venenosos que se desliza rozando el fondo.

 Se soportaban, sí, pero solo porque el peligro mutuo los mantenía en alerta máxima.

 Aquella tarde, el salón de la casa no olía a hogar, sino a tormenta suspendida.

 El aire estaba cargado de esa ansiedad flotante que solo se disipa cuando por fin estalla la primera palabra.

⸻ Has vuelto a dejar las llaves donde no van, Mateo.

 Dijo Elena desde la cocina. Su voz no era un grito; era una piedra lanzada con precisión quirúrgica contra la quietud de la casa.

 Mateo no levantó la vista del libro que sostenía entre las manos. Sonrió con esa media sonrisa exasperante que llevaba años perfeccionando, el tipo de gesto que funciona como un dado lanzado al aire sin medir las consecuencias.

⸻ No están «donde no van», Elena. Están en la mesa. Las mesas sostienen objetos. Es una ley física bastante básica, aunque entiendo que para ti la física sea una sugerencia opcional.

 Ahí estaba. El slogan de su vida en común puesto en marcha. Sin grandes dramatismos, sin grandes aspavientos, pero con el engranaje bien engrasado.

 Discutir era su idioma natal, su forma de comprobar que el otro no se había ido, que seguía al otro lado del cuadrilátero.

 Llevaban años intercambiando golpes verbales y, afortunadamente, ninguno de los dos había besado la lona jamás. Caer no era una opción; encajar el golpe y devolverlo con un matiz más afilado era la única regla del juego.

 Elena apareció en el marco de la puerta, limpiándose las manos con un trapo. Sus ojos oscuros brillaban con esa luz peligrosa que Mateo conocía de memoria.

⸻ La física no es el problema, Mateo. El problema es tu incapacidad crónica para admitir que un cuenco de madera sirve para las llaves y una mesa sirve para todo lo demás. Pero supongo que pedirte orden es como pedirle a una ortiga que no pique.

⸻ Y pedirte a ti que no fiscalices cada centímetro de esta casa es como pretender que una rosa no intente clavarte una espina cada vez que intentas olerla.

 Replicó él, cerrando el libro de golpe. El sonido retumbó en la habitación limpia y helada.

 Y de pronto, el volumen subió.

 No en decibelios, sino en intensidad. La discusión se fragmentó y saltó en mil pedazos, esparciéndose por el aire como el cristal roto de una ventana que nadie vio venir.

 Cada frase era un trozo de ese eco que choca contra la roca dura del orgullo y rebota de vuelta, multiplicado, deformado, volviéndose más pesado a cada impacto.

 Discutían por las llaves, pero en realidad discutían por el tiempo. Discutían por el orden, pero en el fondo hablaban de la libertad.

 O tal vez no hablaban de nada de eso. Tal vez la discusión era simplemente un motivo sin motivo, un ciclo mareal, un canto de ballena que nacía en las profundidades de sus frustraciones y ascendía hasta la superficie para romperse en mil pedazos de espuma y ruido. Algo que siempre, sin razón aparente, regresaba.

 Cruel destino el suyo, o tal vez solo una costumbre pesada como el plomo.

 El camino de ambos estaba lleno de bifurcaciones, de rumbos diferentes hacia los que podrían navegar si tan solo decidieran soltar la mano de esa ansiedad compartida.

 Podrían haber elegido la calma. Podrían haber dicho «basta». Pero cada vez que caminaban en silencio, tropezaban inevitablemente con la misma roca. Esa roca antigua y pulida por el roce constante: de ellos mismos.

 Elena se cruzó de brazos, respirando agitadamente. Mateo la miró a los ojos desde el sofá.

 En medio de ese desastre de palabras afiladas y reproches absurdos, había una extraña y retorcida paz. En el fondo de ese mar revuelto, ambos sabían que la discusión era el único puente que les quedaba para no convertirse en dos extraños.

 El silencio que siguió a la última palabra no fue una tregua; fue la calma densa que queda en el mar tras el paso de un huracán.

 Elena permanecía junto al marco de la puerta, con la respiración graduada y el mentón alzado, como quien espera la llegada de la siguiente ola. Mateo sostenía el libro cerrado entre las manos, sintiendo el latido sordo de sus propios dedos contra la pasta dura.

 Allí estaban otra vez. En la orilla de su propio naufragio habitual.

 Por primera vez en mucho tiempo, ninguno de los dos continuó el juego.

 El eco de la discusión terminó de rebotar contra las paredes y se disipó en las esquinas del salón. Y fue en ese vacío, despojado de la adrenalina del combate, donde el aire se volvió de pronto demasiado pesado para respirarlo.

 Mateo miró a Elena.

 Observó la tensión en sus hombros, la rigidez impecable de su postura, la ligera sombra de cansancio que se posaba bajo sus ojos. Elena, a su vez, lo miró a él: la ceja torcida por la costumbre, la sonrisa a medio borrar que ya no parecía un desafío, sino una máscara de protección contra el propio desgaste.

 Se dio cuenta de algo devastador en su simplicidad: no estaban construyendo nada; solo estaban aprendiendo a resistir los impactos.

 Discutir los mantenía despiertos. Era el chispazo eléctrico que les recordaba que el corazón aún les latía. Pero una chispa que solo sirve para quemar la piel termina por consumirlo todo hasta dejar únicamente ceniza.

 Habían confundido la intensidad con la pasión, la fricción constante con la intimidad, y la resistencia al dolor con el amor. La cadena de menta y hiel no los unía por devoción, sino por una adicción sutil al veneno del otro.

 ¿Era inteligente seguir ahí?

 La inteligencia, se dijeron en silencio sin necesitar hablar, busca la permanencia, pero la sabiduría busca la verdad. Y la verdad era que la rosa y la ortiga nunca podrían entrelazarse sin destruirse mutuamente. La manta raya y el pez espada podían compartir el mismo océano, pero solo si respetaban las profundidades de cada uno, sin forzar un nido en la misma corriente.

 La verdadera valentía no siempre consiste en quedarse a pelear un asalto más para no besar la lona. A veces, la mayor victoria exige el coraje de soltar el guante.

 Elena dio un paso atrás, saliendo del marco de la puerta. No hubo portazo, ni una última réplica afilada, ni una mirada de reproche. Solo hubo un suspiro suave, el primer soplo de aire limpio que entraba en aquella casa en años.

 Mateo no intentó retenerla con una ironía inteligente; dejó el libro sobre la mesa —justo al lado del cuenco de las llaves— y cerró los ojos, aceptando el peso de la gravedad.

 Desanclarse no era una derrota. Era, al fin, una restitución.

 Comprendieron que soltar la mano de la ansiedad implicaba aceptar el vértigo del océano abierto.

 Romper la cadena significaba admitir que hay amores que no nacieron para ser puerto, sino únicamente arrecife: lugares peligrosos y hermosos donde encallar una y otra vez.

 Aprender la lección de la tormenta sería lo más acertado y, finalmente, reparar el casco para poder izar de nuevo las velas.

 Aquella noche no hubo más ecos.

 Solo dos barcos que, tras una larga noche a la deriva, decidieron por fin soltar amarras, virar el timón y navegar en rumbos opuestos hacia la libertad de la mar abierta.

 

 Alejandro Maginot

 

miércoles, 29 de julio de 2026

La Curiosidad

 





 Éramos muy jóvenes. Tan jóvenes que empezábamos a descubrir el sexo y el amor con un único sentido: el de la curiosidad.

 Para nosotros, el amor no era una certeza ni el sexo una técnica aprendida en pantallas o libros; era un territorio sin cartografiar. Teníamos esa audacia torpe de los que no saben a qué le tienen miedo. Cada mirada sostenida más de la cuenta era un experimento; cada roce de manos en la penumbra, una pregunta que no nos atrevíamos a formular en voz alta.

 No había prisa, porque ni siquiera sabíamos hacia dónde íbamos. Nos movía la fascinación de ver cómo reaccionaba el cuerpo del otro, el asombro de descubrir que una piel podía estar tan caliente o que un suspiro cerca del cuello podía hacer que el corazón tropezara. Éramos como dos niños jugando con fuego por primera vez: no nos preocupaba quemarnos, solo nos encandilaba la luz.

 Todo en nosotros era curiosidad. Nos intrigaba lo más simple y a la vez lo más complejo: la manera exacta en que debíamos hablarnos cuando la luz se apagaba, la inclinación justa de la cabeza para que los labios encajaran sin tropezar, la fuerza exacta de una caricia para que reconfortara sin abrumar. Aprendíamos un idioma nuevo sin diccionario.

 Pero cuando el sexo entraba en escena, la curiosidad daba un paso más allá y se convertía en experimentación.

 Ya no se trataba solo de contemplar al otro, sino de poner a prueba los límites de nuestro propio cuerpo. Todo era un laboratorio improvisado bajo las sábanas. Probar a rozar una zona que no habíamos tocado antes solo para ver si la respiración se aceleraba; cambiar el ritmo de un beso para medir el efecto de la pausa; aprender a descifrar el lenguaje secreto de los escalofríos. No había reglas ni un guion que seguir, solo la fascinación compartida de estar inaugurando, juntos, un mundo completamente nuevo.

 El equilibrio en nuestras edades no fue un detalle menor; fue el verdadero factor decisivo. Teníamos los mismos años, las mismas dudas y la misma hambre de mundo. Nadie enseñaba a nadie, nadie llevaba la delantera; caminábamos a la par por ese terreno desconocido.

 Los gustos coincidían con una naturalidad pasmosa, como si nuestras mentes escucharan la misma frecuencia. La adrenalina corría por nuestros cuerpos en dosis idénticas: ese vértigo antes de quitarnos la ropa, ese cosquilleo en el estómago que nos aceleraba el pulso exactamente al mismo tiempo.

 Y el deseo... el deseo era un universo infinito, pero milagrosamente sintonizado. Ni un gramo de más, ni un gramo de menos. Una balanza perfecta donde ninguno de los dos pedía más de lo que el otro estaba dispuesto a entregar, y donde cada caricia encontraba su eco exacto en la piel del otro. Éramos dos fuerzas iguales colisionando en silencio.

 Tú bajabas por la acera calle abajo, calle abajo tú bajabas por la acera.

 Era una acera inestable, traicionera, con las baldosas sueltas y ariscas para tus pies; una cuesta fea, gris y empinada que parecía empeñada en desafiar tu figura. Pero había algo hipnótico en tu forma de batallar contra ese suelo imperfecto. Cada paso tuyo era una pequeña victoria contra la gravedad, un equilibrio sutil entre la duda de la pisada y la elegancia natural con la que sostenías el cuerpo.

 Te veía descender desde la distancia, ajena al suelo defectuoso que pisabas y a la inclinación que te empujaba hacia adelante. La calle ponía el obstáculo, pero tú ponías la música. Y en medio de esa fealdad de cemento desgastado y firme roto, tu silueta era lo único que daba sentido a la tarde.

 Traías bajo el brazo un libro de geografía y una libreta de color azul. Apretabas ambos contra el pecho, como si te aferraras a ellos para no perder el equilibrio en aquella cuesta traicionera. Tu cara denotaba celeridad y una leve preocupación, esa arruga fina entre las cejas que te salía cuando el tiempo se te escabullía de las manos.

 Quizás llegabas tarde a algún sitio. Alguna obligación gris, algún aula silenciosa o un compromiso rutinario... un lugar que, en el fondo, no te haría ninguna justicia. Porque tú no pertenecías a la prisa ni a los relojes. Tu belleza parecía haber sido forjada para descansar en las páginas de un cuento de hadas, no para desgastarse en carreras por aceras defectuosas con la geografía del mundo a cuestas.

 Y, sin embargo, ahí ibas: la fantasía caminando en mitad de la prisa del día a día.

 No corrías. Tu paso no era un trote desesperado, sino un andar firme y sin pausa, con el compás de quien lleva prisa por dentro pero no quiere perder la compostura por fuera.

 Y mientras te acercabas, yo por dentro gritaba en un silencio ensordecedor: ¿Quién eres tú?

 Fue solo un instante, pero al cruzarse nuestras miradas, la luz de tus ojos verdes atravesó la tarde. Tenían la fuerza de una tormenta tranquila.

 En apenas un segundo, con la brevedad de un parpadeo, esos ojos borraron de mí todo lo que creía saber hasta entonces. Me has reseteado. Has borrado el mapa de mi pasado, las certezas que guardaba en los bolsillos y los nombres que conocía. La memoria del mundo se apagó y mi vida, la de verdad, empezó a nacer justo en el segundo en que bajaste aquella cuesta.

 El mundo seguía girando a nuestro alrededor: el tráfico lejano, el roce de otros peatones, el viento ligero de la tarde. Pero para mí, todo se detuvo en seco cuando nuestras órbitas colisionaron.

 Ella seguía bajando la cuesta con ese paso firme, sin pausa. Yo estaba allí, quieto, como un poste clavado en la acera inestable. Y de repente, sus ojos verdes dejaron de mirar hacia el suelo traicionero y se clavaron en los míos.

 Fue un impacto silencioso, una sacudida eléctrica que me recorrió la espina dorsal. No hubo preámbulos, ni advertencias. Solo la súbita certeza de que algo irrevocable acababa de suceder. La celeridad y la preocupación que había adivinado en su rostro parecieron congelarse, suspendidas en el aire entre nosotros.

 A medida que la distancia se acortaba, el detalle de su figura forjada para un cuento de hadas se volvió abrumador. Pude ver el ligero balanceo de la libreta azul bajo su brazo, el brillo del sol poniente atrapado en su cabello, la tensión sutil en sus hombros por la prisa.

 El aire se volvió denso, difícil de respirar. Cada paso suyo hacia mí era un redoble de tambor en mi pecho. ¿Quién eres tú?, seguía gritando mi interior, pero mis labios estaban sellados por el asombro.

 Llegó a mi altura. La inercia de la cuesta la empujaba ligeramente. Y entonces, en el punto exacto donde nuestras trayectorias se cruzaban, ocurrió. Sus ojos verdes sostuvieron la mirada un segundo de más. Una eternidad condensada en un parpadeo. Pude ver la curiosidad nacer en ellos, reflejando la mía propia.

 No hubo palabras, no todavía. Solo la colisión silenciosa de dos mundos que, sin saberlo, llevaban tiempo buscándose en mapas equivocados. Ella no se detuvo del todo, pero su ritmo flaqueó, su paso se volvió imperceptiblemente más lento. Y yo... yo simplemente dejé de existir tal como me conocía, para empezar a ser alguien que solo recordaría su vida a partir de ese bendito cruce en la acera fea.

 Éramos muy jóvenes, tan jóvenes que empezábamos a descubrir el sexo y el amor con un único sentido: el de la curiosidad.

 La curiosidad en la juventud no es morbo ni prisa; es un hambre limpia, un instinto casi científico de querer comprender lo inexplorado. No teníamos referentes claros ni una guía que nos dijera cómo se sentía el mundo real al otro lado de la teoría. Para nosotros, el amor no era una meta ni el sexo una destreza aprendida: era un territorio virgen, una tierra incógnita que solo se podía cartografiar a base de intuición.

 Todo en nosotros empezaba por una pregunta invisible. Había curiosidad por el tono de la voz, por descifrar cómo hablar cuando nos quedábamos a solas y el silencio empezaba a pesar. ¿Había que susurrar? ¿Había que decir cosas profundas o bastaba con dejar que las palabras torpes llenaran el espacio? Aprendíamos a sostener la mirada sin pestañear demasiado, midiendo la distancia exacta en la que un aliento empieza a rozar las mejillas.

 Y luego estaban los besos. No sabíamos besar con la soltura que da la costumbre, y ahí radicaba su verdadera magia. Todo era un ensayo pausado: la inclinación leve de la cabeza, el titubeo de las narices al chocarse antes de tiempo, el calor repentino en los labios y esa risa floja que se escapa cuando la torpeza nos delataba. Cada beso era una frontera cruzada, una confirmación de que el otro no solo estaba cerca, sino que quería estar ahí.

 Las caricias también eran un idioma en construcción. Rozar una mano no era un gesto rutinario; era un evento que paralizaba el pulso. Acariciar la nuca, deslizar los dedos por el borde de la camiseta o medir la temperatura de la piel en la muñeca se sentían como descubrimientos revolucionarios. No buscábamos poseer al otro, sino entenderlo. Teníamos la fascinación inocente de quien toca por primera vez una materia desconocida y descubre que responde, que tiembla, que busca más.

 La curiosidad era nuestra brújula. Nos volvía vulnerables, sí, pero también nos dotaba de una atención absoluta a cada pequeño detalle. No había pasado al que recurrir ni futuro por el que preocuparse; solo existía el asombro presente de estar descubriéndonos el uno al otro, un milímetro a la vez.

 


  Alejandro Maginot



viernes, 24 de abril de 2026

La Usurpadora del Sexo

 




Mi Último proyecto... "La Usurpadora del Sexo".

Muy pronto  a la veta en Amazon.

Alejandro Maginot.


jueves, 29 de enero de 2026

miércoles, 21 de enero de 2026

Libros

 




 

Todo está en los libros… Y si hay algo que no encuentres ¡Búscalo!

 

 

Alejandro Maginot

 


sábado, 17 de enero de 2026

Ciro




 


 Y para comenzar el año, pongo en circulación mi cuarta novela. Una novela recuperada y terminada, después de dos años aparcada en un cajón.

 Es la primera novela, donde algo no habitual en mi… no introduzco ninguna escena de sexo.

 Cuenta una historia de amor, honor y lealtad, algo muy escaso en nuestros días.

 Espero que la disfruten, de venta en Amazon.

 

Alejandro Maginot


domingo, 11 de enero de 2026

Reflexión