No me
llames diamante… cuando piensas que soy un dragón que solo escupe fuego por la
boca.
No
digas a nadie que tienes un unicornio en casa… cuando me ves como una venenosa
serpiente.
No me
alientes con tu aliento… cuando dejas que se derrumbe todo el amor que llevo
dentro.
Sé que
no te importa si me levanto o caigo de bruces sobre un enorme cristal… haciendo
añicos todo lo que podía recordar.
Duele saber que la ternura era apenas un
disfraz… una forma pulida en la fina maldad, para ignorar mis grietas y todo lo
demás.
Prometiste
un estanque para guardar mis aguas… y me dejaste a solas contra la tormenta y
el huracán.
Quise entregarte las flores que crecen en la
sombra, la raíz de este cariño que nadie más veía… pero prefieres la fábula de
un monstruo en la penumbra a la simple verdad de mi mano tibia.
Y sin embargo, entre los vidrios rotos, recojo
las cenizas con cuidado y en silencio… no para reprocharte una casa vacía, sino
para resguardar lo que me queda dentro de ese amor que me profesaste un día.
Si he de ser un cristal sobre la tierra, que
los filos no hieran la memoria de lo amado… fui refugio y fui entrega, fui
verdad sin defensa, y me retiro en paz, aunque me duela el alma de tanto llorar.
Alejandro Maginot

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