Históricamente, el analfabetismo fue una
herida trágica provocada por la falta de oportunidades; una privación que se
sobrellevaba con la dignidad del humilde y con cierta conciencia de
vulnerabilidad.
La ignorancia no era un orgullo, sino una
sombra que la sociedad aspiraba a disipar a través de la educación y el
esfuerzo.
Hoy asistimos a un fenómeno sin precedentes:
la transición de la ignorancia involuntaria a la apología de la necedad.
Jamás en la historia se había exhibido con
tanta arrogancia el desdén por el conocimiento. Presumir de no haber abierto un
solo libro en la vida se ha convertido en una estrafalaria insignia de
autenticidad.
Existe una hostilidad manifiesta hacia cualquier
manifestación que huela, aunque sea remotamente, a rigor intelectual, a
abstracción o a ese esfuerzo cognitivo que trasciende los impulsos más
primarios.
Los analfabetos contemporáneos representan la
categoría más peligrosa de la decadencia cultural: el analfabeto funcional por elección.
A diferencia de las generaciones pasadas, han
tenido a su alcance la mayor infraestructura educativa e informativa de la
historia humana.
Saben descifrar signos y escribir palabras,
pero han renunciado voluntariamente al ejercicio del juicio crítico.
Su ceguera no proviene de la falta de luz,
sino de la decisión explícita de cerrar los ojos.
Esta renuncia no ocurre en el vacío…
El mercado, astuto y voraz, ha detectado en
esta masa complaciente al consumidor perfecto.
Lejos de elevar el nivel del público, la
industria cultural y el entretenimiento han optado por descender a ras del
suelo.
El mundo se está reconfigurando a la medida de
esta nueva mayoría que usurpa el imperio de la razón: un ecosistema diseñado
para la gratificación instantánea, donde lo complejo se penaliza y lo trivial
se deifica.
Todo debe ser fluido, digerible, superficial y
anestésicamente primario, asegurando que ninguna idea exija un minuto más de
atención del que exige un parpadeo.
Así, la ignorancia ha dejado de ser una
carencia marginal para convertirse en la nueva clase dominante.
Es una hegemonía cultural invertida que impone
sus códigos, su falta de estética y sus morbosas dinámicas de consumo.
No solo dominan el mercado, sino que dictan la
conversación pública y desmantelan la excelencia.
Y en medio de este paisaje de conformismo
industrializado, quedamos los disidentes de la banalidad: aquellos que
insistimos en que el pensamiento es un refugio indispensable, y que aspirar a
la belleza, al saber y a la profundidad no es un acto de pedantería, sino el
último reducto de resistencia humana.
Alejandro Maginot

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