CAPÍTULO LV
Donde se trata de la altísima
contemplación en que entró Don Quijote sobre las anatomías de su señora
Dulcinea, y de las sabias y temerosas razones que al respecto le dio Sancho
Panza:
Salía el sol dorando sobre las rastrojeras de
la Mancha y espantando a los lagartos de las tapias cuando nuestros dos
viajeros, caballero y escudero, caminaban a paso cansino por un sendero
flanqueado de esparragueras.
Iba Don Quijote sobre Rocinante, con la mirada
perdida en las nubes y una sonrisa de bobo ilustrado que le desfiguraba el
rostro, mientras Sancho, a lomos del Rucio, intentaba reajustarse los calzones,
los cuales le aprisionaban las carnes con singular crueldad a causa de los
torreznos del desayuno.
De pronto, detuvo el hidalgo a su montura,
suspiró de tal modo que pareció que se le salía el alma por los gaznates, y
volviéndose hacia su escudero con gesto magno y solemnísimo, dijo:
- Querido
Sancho, sé que dentro de esa corteza ruda y adiposa que te cubre guardas una
vasta y profunda sabiduría, bien alimentada por el refranero de tus ancestros.
Pero en este trance de amor que me abrasa, heme aquí en el deber de declararte
una verdad más grande que la suma de todos los tomos de la caballería andante.
Escucha atento, Sancho: si ancha es Castilla, desde las torres de Burgos hasta
las dehesas de Sierra Morena… ¡más anchos y generosos son los pechos de mi
señora Dulcinea del Toboso! Que con su vaivén majestuoso al caminar… ¡oh,
milagro de la naturaleza! me ponen en un estado de tal desasosiego y bizarría
que ando más salido que la muela de un oso hambriento en mitad del invierno.
Quedóse Sancho mirando a su señor con los ojos
desencajados y la boca abierta, imaginando no a la idealizada princesa de los sueños
del hidalgo, sino a Aldonza Lorenzo, la mocetona del pueblo, cuyos bofetones a
mano abierta solían tumbar a los quintos en las fiestas patronales.
Rascóse el escudero la barba con parsimonia,
reacomodó la albarda del jumento y, lanzando un resoplido que olía ligeramente
a ajo frito, respondió:
- Con el
debido respeto hablo a vuestra merced, señor Don Quijote, y sin ánimo de
menoscabar la anchura de Castilla ni las rotundidades de doña Dulcinea, a la
que Dios guarde en su santa gloria y mantenga bien abastecida de simientes.
Pero le juro por la mamado en los pechos de mi madre que si yo me atreviese a
decirle semejante galantería a mi Teresa —que Dios me la conserve lejos de la
bodega—, o si intentase alabarle las pechugas a mi Sanchica con tales
refinamientos tan despechugados, no vivía yo para contarlo. ¡Mía fe! Que mi
mujer me arriaba con la tranca de la pajarera y me encapsulaba el cuerpo, de un
solo empujón y sin levante, en el mismísimo culo de nuestra vaquita Perlita,
donde iría yo a parar rodando como un garbanzo en tartera.
- ¡Calumnia
y sandez!
Exclamó Don Quijote, enrojeciendo de rabia y alzando
la lanza hacia el cielo.
- Comparas
el delicado bamboleo de mi parangón de hermosura con las rudezas de tu aldeana
progenie. ¡No entiendes tú de los ritmos del amor cortés, villano!
- No
entenderé de ritmos, mi señor.
Replicó Sancho arreando al Rucio.
- Pero entiendo de coces. Y le aseguro que la
coz de la Perlita con un servidor encajado en sus posaderas es asunto de mucha
más gravedad que todas las ferocidades del follón del encantador Frestón. Así
que siga vuestra merced contemplando pechos lejanos, que yo bastante tengo con
guardar las espaldas para que no me las mida mi Teresa.
Y diciendo esto, continuaron su camino,
dejando tras de sí un rastro de sosiego, entre el relinchar de Rocinante y los
ventosidades amortiguadas del jumento.
Alejandro
Maginot

No hay comentarios:
Publicar un comentario