jueves, 10 de septiembre de 2026

Las aventuras del Hidalgo I

 




CAPÍTULO LV

 Donde se trata de la altísima contemplación en que entró Don Quijote sobre las anatomías de su señora Dulcinea, y de las sabias y temerosas razones que al respecto le dio Sancho Panza:

 Salía el sol dorando sobre las rastrojeras de la Mancha y espantando a los lagartos de las tapias cuando nuestros dos viajeros, caballero y escudero, caminaban a paso cansino por un sendero flanqueado de esparragueras.

 Iba Don Quijote sobre Rocinante, con la mirada perdida en las nubes y una sonrisa de bobo ilustrado que le desfiguraba el rostro, mientras Sancho, a lomos del Rucio, intentaba reajustarse los calzones, los cuales le aprisionaban las carnes con singular crueldad a causa de los torreznos del desayuno.

 De pronto, detuvo el hidalgo a su montura, suspiró de tal modo que pareció que se le salía el alma por los gaznates, y volviéndose hacia su escudero con gesto magno y solemnísimo, dijo:

- Querido Sancho, sé que dentro de esa corteza ruda y adiposa que te cubre guardas una vasta y profunda sabiduría, bien alimentada por el refranero de tus ancestros. Pero en este trance de amor que me abrasa, heme aquí en el deber de declararte una verdad más grande que la suma de todos los tomos de la caballería andante. Escucha atento, Sancho: si ancha es Castilla, desde las torres de Burgos hasta las dehesas de Sierra Morena… ¡más anchos y generosos son los pechos de mi señora Dulcinea del Toboso! Que con su vaivén majestuoso al caminar… ¡oh, milagro de la naturaleza! me ponen en un estado de tal desasosiego y bizarría que ando más salido que la muela de un oso hambriento en mitad del invierno.

 Quedóse Sancho mirando a su señor con los ojos desencajados y la boca abierta, imaginando no a la idealizada princesa de los sueños del hidalgo, sino a Aldonza Lorenzo, la mocetona del pueblo, cuyos bofetones a mano abierta solían tumbar a los quintos en las fiestas patronales.

 Rascóse el escudero la barba con parsimonia, reacomodó la albarda del jumento y, lanzando un resoplido que olía ligeramente a ajo frito, respondió:

- Con el debido respeto hablo a vuestra merced, señor Don Quijote, y sin ánimo de menoscabar la anchura de Castilla ni las rotundidades de doña Dulcinea, a la que Dios guarde en su santa gloria y mantenga bien abastecida de simientes. Pero le juro por la mamado en los pechos de mi madre que si yo me atreviese a decirle semejante galantería a mi Teresa —que Dios me la conserve lejos de la bodega—, o si intentase alabarle las pechugas a mi Sanchica con tales refinamientos tan despechugados, no vivía yo para contarlo. ¡Mía fe! Que mi mujer me arriaba con la tranca de la pajarera y me encapsulaba el cuerpo, de un solo empujón y sin levante, en el mismísimo culo de nuestra vaquita Perlita, donde iría yo a parar rodando como un garbanzo en tartera.

- ¡Calumnia y sandez!

 Exclamó Don Quijote, enrojeciendo de rabia y alzando la lanza hacia el cielo.

- Comparas el delicado bamboleo de mi parangón de hermosura con las rudezas de tu aldeana progenie. ¡No entiendes tú de los ritmos del amor cortés, villano!

- No entenderé de ritmos, mi señor.

 Replicó Sancho arreando al Rucio.

 - Pero entiendo de coces. Y le aseguro que la coz de la Perlita con un servidor encajado en sus posaderas es asunto de mucha más gravedad que todas las ferocidades del follón del encantador Frestón. Así que siga vuestra merced contemplando pechos lejanos, que yo bastante tengo con guardar las espaldas para que no me las mida mi Teresa.

 Y diciendo esto, continuaron su camino, dejando tras de sí un rastro de sosiego, entre el relinchar de Rocinante y los ventosidades amortiguadas del jumento.

 

Alejandro Maginot


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