jueves, 9 de julio de 2020

La herencia del Marqués de Carmona... Cuarta parte










  Llegado a Roma, peregrino hasta Francia donde volvió a firmar como capitán en los tercios españoles, durante cinco años más.

  Pasado los cinco años de milicia, Rodrigo se alejó de las guerras, regresando a Italia, país que le encantaba por su arte y arquitectura clásica, así que estuvo deambulando entre Venecia, Florencia, Pisa y Roma.

  Estando en Florencia, recibió una carta llegada de Sevilla, la mandaba el notario de su tío abuelo Eduardo Ronces, Marqués de Carmona. En esta misiva su señoría el señor notario ,lo requería de esta manera:

   “Muy señor mío, me dirijo a usted en primer lugar, para darle mi más sentido pésame por el fallecimiento de su tío abuelo. En segundo lugar, he de leerle la herencia dejada por éste, cosa que ha de hacerse a la mayor brevedad posible, pues el destino de sirvientes y jornaleros depende de usted mi estimado caballero. Le ruego encarecidamente abrevie  su viaje, y nos encontraremos en la notaria de un servidor lo antes posible, ya que como bien sabrá, no queda familiar alguno del Marqués de Carmona, es usted la única parentela que queda de dicho caballero. Sin más, se despide su seguro servidor Don Florencio Estrada”.

  Rodrigo, quedó pensativo y apesadumbrado, los recuerdos de su tío abuelo eran vagos, pues a lo largo de su vida lo vio sólo cuatro veces, en temporadas cortas y de muy niño. Se sintió totalmente sólo en este mundo, su último familiar había muerto.

  Rápidamente y sin perder tiempo, partió al puerto de Génova, allí estuvo un día, esperando a la salida de un galera que atracaría en el puerto de Sevilla. El viaje se le hizo condenadamente largo, pero tuvo tiempo de ordenar sus pensamientos por primera vez, además afrontar este reto, le hizo olvidarse momentáneamente de la vida tan dura que había llevado, dándole por primera vez un respiro.






  El barco atracó en el puerto de Sevilla en plena noche, las posadas estaban todas cerradas, lo que le hizo acudir a una taberna del puerto, donde su dueño conocido y amigo de él, le dejó un rincón donde acomodarse para pasar la noche.

  A la mañana siguiente, acudió a la notaria, donde el señor notario pasó a leerle la herencia de su tío abuelo. Éste le había dejado todos sus bienes, un cortijo en Carmona con gran extensión de terreno, dedicado al cultivo, y del cual dependían miles de familias, también le dejó un palacio en el centro de Carmona, una casona en el barrio de Triana, cuadros, joyas, carruajes, acciones y un sinfín de haberes, que hacían de Rodrigo uno de los caballeros más ricos de Sevilla. Firmados todos los documentos, el notario le advirtió que lo más urgente, era organizar el cortijo de Carmona, pues de él dependía la comida y salarios de la inmensa mayoría de ciudadanos de la villa.

  Despídiose del notario con gran agradecimiento, salió de su despacho y buscó la salida. Cuando salió a la calle, su corazón se llevó un tremendo sobresalto, en la fachada de enfrente se encontraba Marcelo esperándolo. Rápidamente Rodrigo echo mano al pomo de su espada, no fiándose de Marcelo se puso en guardia. Pero cuál fue su sorpresa, cuando observo que su antiguo amigo no iba armado.


                             
                                                                                                Alejandro Maginot



                                     Continuará...





miércoles, 8 de julio de 2020

El enfado de María... Tercera parte










―  Os tenía por un caballero, pero con vuestros actos me demostráis que no merecéis tal trato. Vos sabéis de sobra, que yo entendía que lo nuestro era amor… y por supuesto daba por hecho, que acabaríamos juntos como pareja, ya que como amigo no os quiero.

― Dejadme que me explique María: mi vida es un desastre, como bien sabéis, llevo una eternidad en el ejército, llevando una desastrosa existencia, siempre dando tumbos de un lado para otro, y aún hoy en día no sé dónde ni como acabare. Por eso después de mucho pensarlo, no puedo arrastraros conmigo a tan semejante vida.

― A mí no me hubiera importado la vida que llevase, siempre que hubiese sido con vos.

― No es sólo eso señora, como usted bien sabe la razón no manda en el corazón. Por eso pensé, que aquel día en sus aposentos  usted se habría dado cuenta, que yo velaba por su virginidad, para que la guardase para ese caballero que de vos se enamorase, que bien él lo agradecería.

  María estaba roja de indignación, así que no tardó en estallar. Soltó una sonora bofetada a Rodrigo y acto seguido, en voz elevada le dijo:

― ¡Es usted un villano, un sinvergüenza, lo odio por todo lo que me ha hecho sentir, no quiero volver a verlo jamás!

  Unas lágrimas se asomaron a los ojos de María, la dama se giro para marcharse,  Rodrigo la detuvo suavemente para decirle:

― Algún día, vos recordareis este momento, y aunque ahora no lo creáis, os acordareis de mí dándome las gracias, porque habréis encontrado al caballero adecuado, para formar una bonita familia.

  La dama se zafó del caballero… y llorando volvió sobre sus pasos hasta donde la esperaba su dama de compañía, y desaparecer de la vida de Rodrigo para siempre.

  No habían pasado dos días, cuando Marcelo llegó a la taberna el Rinconcillo gritando a Rodrigo que se encontraba dentro.

― ¡Sal cobarde! ¡Traidor! ¡Sal ya! que voy a dar buena cuenta de vos.

  Dentro el tabernero el tabernero avisa a Rodrigo.

― Señor, fuera está el señor Marcelo muy alterado, creo que está profiriendo improperios hacia vos.

  Rodrigo quedó estupefacto, respondiendo al mozo:

― No puede ser, jamás Marcelo diría improperios sobre mí.

― Señor, salga usted a la calle, lo comprobará por vos mismo.






  Rodrigo salió apresurado y preocupado, no entendía lo que estaba pasando. Nada más salir a la calle, Marcelo con el florete desenvainado, arremetió contra él.

― ¡Villano! Te has aprovechado de nuestra amistad para mancillar a mi hermana.

  Marcelo tiró una estocada hacia Rodrigo, que éste pudo esquivar a duras penas.

― ¡Por favor! Marcelo calmaos, no es como lo contáis, os juro que jamás mancille a María.

  Mientras Rodrigo trataba de calmarlo, Marcelo volvió a la carga con otra estocada, afortunadamente Rodrigo desenvainó su espada y pudo desviar dicha estocada dirigida hacia su corazón. Viendo la situación, Rodrigo empezó a preocuparse, Marcelo no paraba de atacarle una y otra vez con su espada, Rodrigo sólo se defendía tratando de calmarlo.

― ¡Marcelo detente! No quiero lastimaros, os lo suplico no me ataquéis más.

― Estaré batiéndome con vos hasta mataros, ¡truhan, villano, luchad como un hombre!

― Marcelo, os lo ruego, sabéis que soy uno de los mejores espadachines de la corona, os puedo matar sin moverme, pero eso no va a suceder, sois mi amigo y no me batiré con vos.

  Para ese momento la calle estaba llena de personas viendo el duelo, Rodrigo seguía esquivando los envites de Marcelo, hasta que llegó un momento en el que vio que Marcelo no sedería en su empeño. Por lo que decidió actuar de la forma más factible para no herirlo de gravedad.

  En uno de los ataques, Rodrigo contuvo el florete de Marcelo con la cazoleta de su espada, momento en el que aprovecho para pegarle un puñetazo, dejándolo noqueado.

  Marcelo quedo tumbado en el polvoriento suelo, mientras Rodrigo daba unas monedas a dos mozos, para que lo llevaran a su Palacete. En este punto Rodrigo, vio que la situación se haría insostenible y que Marcelo lo buscaría todos los día para enfrentarse a él, así que tomó una drástica solución, aquella misma noche acudió al puerto, para enrolarse en un barco que partía hacia Roma. Sólo quería poner tierra de por medio, para evitar una tragedia.


                                                                                                Alejandro Maginot


                                        Continuará...





lunes, 6 de julio de 2020

El poema de María ... Segunda parte










― No, por Dios María, si para mi sus conversaciones me son sumamente amenas, no pueda usted imaginar lo agradable que será para mis oídos, oír un poema escrito por vos mi señora, Así que la insto a que me lo recite.

  María acercó sus labios al oído de Rodrigo, dispuesta a narrar su poema…

  ― “¿Cómo llegó hasta mí el amor?, tan mágicamente como una preciosa perla llegada del lejano oriente. De porte gallardo y aptitud valiente, quedé prendada de vos cuando me besó la frente, aire cálido nuca ardiente, por un abrazo suyo quedaría prendida a su corazón, hasta mi última oración”.

  Rodrigo quedó con mirada fija hacia los ojos de María, su cara era de sentimiento indescifrable. Tres segundos y reaccionó diciendo:

― Anonadado quedo señora, maravillosas letras usted me ofrenda. Pero puedo asegurarle querida dama, que no hago justicia a ninguna de ellas, pues me halaga usted en demasía, sin saber mi pasado ni el presente de mi vida.

― Mi querido caballero, el pasado no importa, si en el presente te ofrecen una rosa, rosa sin espinas que puede alegrar su vida, llenarla de belleza y hacerlo olvidar las calamidades de aquellas guerras.

― No me haga caso bella María, quizás son lapsus de la memoria aterrada por los dolores pasados, lo que a veces me hace divagar. No obstante, le diré, que como poeta no tiene usted precio y es un honor para mí, que vos me haya dedicado tan sublime poema.

  Siguieron el paseo, hasta que el calor los hizo ir de nuevo al carruaje de Rodrigo para volver al palacete. En el trayecto, María cogió la mano de Rodrigo mientras apoyaba su cabeza en el hombro de éste. Mercedes leía su habitual libro, mientras la pareja quedaba en silencio y con los ojos cerrados.

  El trayecto era corto, pero fue tan intenso, que Rodrigo seguía martirizándose con sus pensamientos, él estaba a gusto con María, pero le faltaba algo, que él no sabía descifrar.

  Estando en la puerta del palacete, Mercedes fue la primera en bajar del carruaje, momento el cual aprovechó María para besar los labios de Rodrigo apasionadamente, una vez pudieron separar sus labios, María dijo a Rodrigo:

― Mi señor, mañana si vos tiene tiempo, le espero a las once de la mañana aquí en el palacete.

― Mi dama, aunque algún quehacer tuviese, no dude que sacaría tiempo para vos, pues su compañía bien lo vale.

  María bajó del carruaje, y cogiéndose al brazo de Mercedes entraron en la casa mientras Rodrigo se alejaba mirándolas por la ventanilla.

  Llegado el siguiente día, Rodrigo como buen caballero, estaba a la hora acordada en la puerta del palacete. Éste accionó la campana, en apenas treinta segundos, un sirviente abrió la puerta, al ver a Rodrigo le comentó:

― ¡Buenos días señor! Tengo instrucciones  que espere usted en la biblioteca, mientras vienen a recogerlo, así que si me acompaña lo dejaré en dicha sala, mientras le preparo lo que usted desee.

― ¡Buenos día! Lléveme a la biblioteca que yo esperaré gustoso a que me recojan. ¡Ah! Y por favor no me prepare nada, se lo agradezco.

  Rodrigo se entretuvo en recorrer los estantes, mientras esperaba llegaran a recogerlo. Quedo sorprendido al ver en una estantería la obra satírica de Quevedo, ya que no se lo esperaba en dicha morada, así que cogió el libro “Los sueños” y comenzó a ojearlo.

  Habían pasado quince minutos, cuando apareció Mercedes por la puerta de la biblioteca.

― ¡Buenos días caballero!

― ¡Buenos días Mercedes! ¡Qué sorpresa!, esperaba que me recogiera María.

― Bueno, espero que no le importe, pero como usted mi señor no conoce bien las estancias de la casa, soy yo quien, por orden de mi señora, lo acompañaré a sus aposentos.





― ¡A sus aposentos!

  Dijo Rodrigo un poco confuso.

― No creo que, a los padres o hermano de María, les haga ninguna gracia que yo suba a sus aposentos.

  Mercedes sonrió en un tono pícaro, dejando aún más atónito al caballero que la miró con cara de asombro.

― No tenga usted reparo señor Rodrigo, los padres de María partieron hacia Écija en un viaje de dos días, mientras que el hermano de la señora, tuvo que partir a tierras onubenses para asuntos de negocios.  Fue mi señora la que dispuso que subiese usted a sus aposentos.

― Bueno no sé qué decir, me deja usted sorprendido. Pero bueno si es decisión de María tendré que complacerla… y por supuesto señora, le doy las gracias por su atenta comprensión.

― Aclarado todo, si no le importa señor Rodrigo, sígame que lo guiaré hasta los aposentos de mi señora.

  Ambos atravesaron varias estancias, hasta dar con la subida de unas enormes escaleras de mármol. La planta de arriba, se ensanchaba en una enorme circunferencia que daba a numerosos pasillos, Mercedes tomó el del ala izquierda y Rodrigo la seguía asombrado al ver el fondo de tan largo corredor. Llegaran a la altura de una puerta, donde Mercedes dijo a Rodrigo:

― Señor, aquí acaba mi cometido, ya no tiene más que llamar a la puerta mientras, yo me retiro.

― Gracias Mercedes, agradecido quedo por tan atenta atención hacia mi persona.

  Cuando Rodrigo quedó sólo, tardó un momento en reaccionar, pues todavía no acababa de salir de su asombro. Cuando por fin tocó con sus nudillos un par de veces la puerta, se oyó al otro lado:

― Pase, ¡por favor!

  Abrió la puerta el caballero, encontrándose a María tumbada en la cama, cubriéndose parte del cuerpo con la sabana, menos uno de sus senos desnudo, que había dejado deliberadamente fuera.

― ¡Por Nuestro Señor! Mi señora por favor cúbrase, se lo ruego.

  Al ver tan escandalizado María a Rodrigo, no tuvo más remedio que intentar calmarlo.

― Mi señor, por favor. Más me ha costado a mí preparar este encuentro, pues jamás había hecho yo algo semejante. Esperaba que usted hubiese reaccionado de otra forma, pues usted como hombre de mundo y curtido en mil batallas, sabría cómo socorrer a una dama en tal situación.

― No le niego mi señora, que algún bagaje tengo en estos lares. Pero para mí, usted es lo más sagrado, no quiero perjudicar ni su imagen ni su reputación. Antes me quitaría la vida que mancillar a una noble dama.

― No os preocupéis, mí amado caballero. Soy yo la que os pide, soy yo la que os suplica, que apaguéis en mí estas ansias, este deseo irrefrenable que siento por vos. Un día más sin culminar nuestro amor, hará que palidezca cien años, os lo ruego Rodrigo hacedme vuestra. Nadie os culpará mientras sea yo la que comete el delito de amar desaforadamente. Y no me siento pecadora, pues a los ojos de Dios, una unión carnal con amor, es una estrella que iluminará eternamente nuestras vidas.

―Pero compréndame mi apreciada dama, para mí sería una traición hacia su familia. No podría vivir con tal cargo de conciencia.

― Ya que os empecináis mi cortés caballero, no os pondré en tal tesitura, esperaremos a hacer firme nuestro compromiso… y después si sigue tan fiel a la lealtad hacia mi familia, estoy dispuesta a esperar que lleguen nuestras nupcias.

  Rodrigo, se sintió alterado en su interior, aunque trataba de fingir que estaba normal. Pero sabía que, si aguantaba más en aquellos aposentos, María notaria que algo le estaba sucediendo. Así que tomo la más drástica de las soluciones, apresuro a marcharse diciendo a la dama:

― Lo siento mi señora, pero  he de marcharme, me espera el cardenal  para poner al día las recaudaciones hechas esta última semana. Como le prometí, no falté a la cita, pero asuntos mayores me esperan.






  La dama quedó perpleja, pero el caballero se despidió cortésmente y salió de la mansión como alma que lleva el diablo.

  Rodrigo, estuvo varios días sin aparecer por casa de María. Y aunque ésta le hacía llegar cartas todos los días, él siempre ponía una excusa para no acudir a su encuentro. En el fondo había llegado a una situación algo delicada, Rodrigo se sentía muy cómodo en compañía de María, pero en su fuero interior notaba, que no era el momento ni la dama que lo pudiera llevar a un serio compromiso.

  Pasaron algunos días más, hasta que Rodrigo preso de sus inseguridades, tomó la decisión de citar a María, para darle la explicación que ella merecía.

  Habían quedado en el barrio de Santa Cruz. Rodrigo llevaba más de media hora esperando, estaba nervioso y apesadumbrado, trataba de memorizar todo lo que tenía que decir a la bella dama. De repente María y su dama de compañía, aparecieron montadas a caballo. Ella con cara de enfado desmontó dejando las riendas del caballo a su acompañante.

  Anduvo hacia él y con tono y semblante serio le replicó:

― ¡Por fin os dejáis ver! Pensaba que os había tragado la tierra. Creo que no os he dado motivos para que desaparecierais de esa forma.

― Por favor María, pasemos mientras os cuento mis motivos.

  Ambos caminaron unos metros sin articular palabra, el enfado de María era monumental. Así que fue el caballero quien tuvo que romper tan afilado silencio:

― María, no os merezco, quiero pediros disculpas por mi comportamiento. También he de pediros perdón, por si os he hecho creer que lo nuestro podía llegar a algo más que una amistad.

  La dama interrumpió bruscamente a Rodrigo.


                                                                                            Alejandro Maginot


                             Continuará...





sábado, 4 de julio de 2020

No se puede obligar al corazón... Primera parte









  Quiero narrar con toda la brevedad del mundo este relato. Porque, aunque tiene poco verso y menos prosa, quiero ir directo al corazón de esta historia.

  Sucedió en tiempos modernos, pero la situaré en tiempos de Quevedo, porque ella era una dama y él, aunque tachado de villano, era todo un caballero.

  Un día gris, dos jóvenes caballeros tropiezan a la salida de una taberna…

― Ruego a Dios, que me pidáis perdón caballero, por haberme pegado tal achuchón, que casi me arranca la abotonadura de mi jubón.

― Mi señor, discrepo con lo que dice, pues lo que ha acontecido, es que vos me ha arremetido sin mirar, casi dejando caer las plumas de mi sombrero, al mugriento y grasiento suelo.

  Estando en esta debacle, ambos caballeros alzaron la mirada, al verse las caras uno de ellos respondió:

― ¡Por amor de Dios! Rodrigo, ¿no me reconocéis?

― ¿Marcelo? ¡No puedo creerlo! Pensé que estabais en Ávila, mi estimado amigo.

― Regresé hace dos años, ahora resido en el palacete de mis padres, cerca de las atarazanas al lado de la Torre del Oro. ¡Pero que ilusión volver a reencontrarnos estimado Rodrigo!

― Esto ha sido una grata sorpresa, mi leal amigo, ¿Cuántas cosas has de contarme? Deseo oírlas todas, será un placer escuchar las aventuras de vuestros largos viajes.

― Pues si estáis dispuesto, os diré que mi familia me espera para almorzar, así que no os podéis negar, quedáis invitado a dicho almuerzo, así no perderemos el tiempo de poder parlamentar.

  Partieron dichos amigos, marchándose de la taberna a casa de Marcelo, mientras por las callejuelas, fueron contándose de aquel grato rencuentro.

  Una vez presentado Rodrigo ante los padres de Marcelo, éstos buscaron en el jardín un banco, donde  sentaron esperando la hora del almuerzo.

― Decidme estimado Rodrigo ¿Qué es de vuestra vida?

― Hace un año que regresé de los Tercios, y después de unos meses en Zaragoza, decidí  regresar a Sevilla, pues me ofrecieron un trabajo como recaudador de impuestos.

  Estando en esta conversación, aparecieron por el fondo del jardín dos damas, que, rodeando la fuente central, se dirigieron hacia ambos caballeros. Marcelo y Rodrigo al ver llegar a sendas damas, pusieronsé en pie, prestos a inclinarse ante tan virtuosas señoras.






― Rodrigo, os presento a mi hermana María, ojito derecho de mi padre. Y a Mercedes, dama de compañía de mi querida hermana.

  María sonrió, mientras Rodrigo besaba su mano. La dama de compañía observaba la reverencia entre una mirada interrogadora.

― Es un honor señora conoceros, Marcelo me había hablado tanto de vos que, aunque quise componerme una imagen suya, quedo distante mi pensamiento de lo que ahora veo.

― ¿Es para bien o para mal, esa realidad Señor Rodrigo?

― No ha de dudarlo señora, siempre imaginé la mitad de lo que usted es, pues la realidad a veces nos puede sorprender.

― Eso me agrada señor, y no haga caso a todo lo que Marcelo le haya contado de mí. Pues, aunque yo sea el ojo derecho de mi padre, él lo es de mi madre.

  Hubo un largo silencio, donde Rodrigo y María sostenían sus miradas hipnóticamente, tal fue así, que Marcelo tuvo que romper aquella escena diciendo:

― La comida estará lista, ¿Qué os parece si entramos?

  Estando la mesa completada, anfitriones e invitado, mantenían una animada conversación, mientras degustaban los magníficos manjares de tierras andaluzas  Rodrigo trataba de responder a todo lo que se le preguntaba, aunque sus ojos no perdían de vista los sutiles movimientos que María hacía en la mesa.

  Acabado el almuerzo y mientras los caballeros tomaban el coñac de la sobremesa, María se acercó al grupo de los tres hombres y pregunto:

― ¿Estáis cómodo señor Rodrigo?

― Claro que si mi señora, estoy encantado en la compañía de vuestro padre y hermano.

Ella sonrió mirando a su padre, hizo una mueca de complicidad hacia éste y le argumentó:

― ¡Padre! Con vuestro permiso os arrebataré a Rodrigo, me gustaría enseñarle las caballerizas, para mostrarle vuestro caballo favorito.







  Ambos salieron de la estancia, siempre acompañados por su dama de compañía Mercedes. Recorrieron la galería y atravesaron los jardines hasta llegar a las caballerizas.

  Cuando llegaron a las cuadras, mercedes observo que Rozne, el caballo de su padre no estaba en su cubículo, así que pregunto a un encargado de los establos donde estaba el caballo de su padre, a lo cual éste respondió:
 

― Creo que el pura sangre, se encuentra en el vallado, mi señora.

  De esta forma los tres se dirigieron al corral, Rodrigo y María encabezaban el paseo charlando animadamente, mientras Mercedes los seguía sin perder detalle a cada gesto de la pareja. Cual fue la sorpresa al llegar al corral, cuando los tres pudieron ver al pura sangre montando una yegua. Las damas quedaron ruborizadas y sin palabras, como la escena se tornaba algo violenta, Rodrigo habló rompiendo el silencio:

― Bueno mis señoras, no han de ruborizarse por la monta del animal, bien es sabido que estos han de procrear para dar buenos potros.

  Mercedes seguía tapándose los ojos, ocasión que María aprovecho para dar un furtivo beso a Rodrigo, continuando la conversación con las siguientes palabras:

― Como usted bien dice señor, la naturaleza ha de seguir su curso, no somos nosotros quienes paremos lo que Dios puso en la tierra para procrearse. Pero creo que para Mercedes sería más cómodo que nos marchásemos de los establos. Así mi querido señor, ¿qué le parece, si le muestro el lago donde a veces me entretengo escribiendo poesía?

  Mientras María no paraba de hablar, Rodrigo imaginaba que la atracción entre ambos, surgió nada más mirarse a los ojos, pero aún así  había quedado absorto en un sólo pensamiento… ¿que había significado aquel furtivo beso, recibido por tan bella dama?

  La tarde siguió plácidamente, llegaron al estanque y la pareja se sentó en un banco al borde del agua, mientras Mercedes quedó leyendo un libro en un banco al otro lado del estanque, siempre con visión de la pareja.

  Una vez quedaron lejos de la dama de compañía, Rodrigo que se sentía observado por ésta, aprovechó la distancia a la que había quedado dicha dama, para poder hablar con tranquilidad con María.

― Mi señora, ya sabemos la función de las damas de compañía, pero… ¿no cree usted, que la suya es muy celosa de sus funciones? No hemos tenido un minuto hasta ahora para poder intimar.

  María se rió sin poder evitarlo, cuando pudo contener la sonrisa, comentó al caballero:

― Mi señor, perdóneme que me ría, pero me hizo gracias como expuso usted lo de las damas de compañía. Es cierto que ya sabemos cuál es su función, ella sólo realiza el trabajo que tiene encomendado, pero le diré que en este caso soy afortunada. Mercedes más que una dama de compañía, es una amiga en la que puedo confiar, guarda mis secretos con celo, así que tranquilos señor Rodrigo, puede confiar en ella plenamente.

  Aquella tarde noche, fue el principio de una historia que más adelante se desvelará. Lo que, si es cierto, es que todas las visitas posteriores al palacete de Marcelo, no las hizo Rodrigo para ver a su estimado amigo, fueron para ver a María. Los padres e incluso el hermano, veían con buenos ojos esta relación, que aunque no formalizada del todo, si estaba iluminada entre bambalinas.

  Pasaron los días con la relación viento en popa, más para María que para el propio Rodrigo, pues ya a estas alturas, él empezaba a cuestionarse sus sentimientos.

  Una mañana, Rodrigo recogió en su carruaje a María y a su dama de compañía, tenían la idea de pasear por el mercadillo de la rivera de Triana. Un mercadillo lleno de colorido, donde daba gusto pasear al fresco del rio Guadalquivir y en el que se podía encontrar cualquier tipo de mercancía, desde especias de las indias hasta la más delicada tela de seda de la china.







― Hoy hace un día espléndido, ¿verdad mi señor?

― Tenemos la gran suerte mi bella dama, de encontrarnos en una de las ciudades más bellas del mundo, pocos días sin sol tenemos al año. Es un placer pasear cualquier mañana del año por el mercado.

― Bueno mi estimado caballero, le diré que ayer le escribí una poesía, la cual aprendí de memoria y si vos me lo permite, se la recitaré con todo mi amor hacia usted.

  Rodrigo quedó un poco sorprendido, aunque se sentía a gusto en compañía de María, sus sentimientos estaban encontrados consigo mismo, así que después de unos segundos en silencio María le dijo:

― Espero mi señor, no haberos ofendido con tan grave atrevimiento, no pensé que le molestaría unos versos escritos con todo mi cariño. Si es así me abstendré de recitárselos.

  Rodrigo reaccionó rápidamente diciendo:


                                                                                                 Alejandro Maginot                                                               


                                                     Continuará...





miércoles, 20 de mayo de 2020

Corazón Loco











  Que maravilloso es tirarse de cabeza a la vida, contagiado por tu corazón loco.

  Correr por las aceras silbando melodías, como pájaros liberados de sus jaulas ennegrecidas.

  Meternos en las fuentes, aunque todo el mundo nos llame dementes.

  Corretear como adolescentes, sin miedo a quedarnos tontos, por golpearnos la frente.
 
   Deslizarnos por los barrancos, patinando sobre el barro, aunque al llegar abajo, tengamos otro color.

  Saltar sobre la paja, desde la ventana más alta del granero, soñando que en esa caída podremos alcanzar el vuelo.

  Dialogar con los perros que encontremos por la calle, contándole como nos convertimos en poetas locos.

  Saludar al señor grillo que encontremos con bigote, hacerle una reverencia al escarabajo, que como canica en el suelo rebote.

  Pasear bajo la lluvia, utilizando como paraguas un girasol; y descalzos pisar los charcos, salpicando a los sapos que tengamos alrededor.

  Hacer pipí en la cuesta más alta, para ver quién de los dos alcanza la distancia más larga, y con amapolas coronar al ganador.

  Tomar una taza de chocolate, para poder reírnos al ver, cómo quedan nuestros dientes reflejados en el escaparate.

  Bañarnos en el embalse desnudos, mientras bajo el agua agarras mi pene, diciendo que has atrapado al gusano loco del pantano.

  Gracias amor mío, por arrastrarme a vivir la vida, a través de  tu corazón loco.



Alejandro Maginot




martes, 19 de mayo de 2020

El Trovador











  La armonía es, saber dónde el sonido embaucador te lleva. Quizás bajo las estrellas, conoceré la fortuna de la música, esa música que tus labios recita, haciendo que como Ulises quede eclipsado. Mientras,  yo sin hablar tu dialecto, siento por dentro, que soy el trovador que siempre ha estado a tu lado.

  Gustosamente me dejas interpretar tus canciones, que no sólo hablan del ritmo de los corazones, pues tus melodías crean algoritmos mágicos, que con sólo dos palabras todo lo pueden decir.

  Caminando cada noche, subo por los peldaños de la luna, tratando de descifrar, cuál de los poemas que te escribo te gusta más. Porque si lo averiguo, entre puntos y comas no dejaré de danzar, no sólo por la felicidad que me aportará, también podré afinar mis letras, para cuando las leas… poder muy despacito, tu corazón atesorar.

  Te amo más allá de tu piel desnuda, incluso sin carne ni huesos y aunque sólo fueses un pensamiento, con locura te querría. Porque eres la patria donde nací, la naranja que al pelarla en mis manos deja prendido su olor, el acontecimiento más favorecedor, eres las horas que quiero que desaparezcan del reloj, eres el punto fijo donde yo centro toda mí atención… eres musa, agua de manantial, eres todo amor.

  Y aunque mudo a veces me dejas, e incapaz de escribirte ni tan siquiera unas letras, trato de decirte siempre aunque sea gesticulando; que la vida a tu lado pasa volando, que tengo la suficiente capacidad, para en otra vida seguirte amando,  con la misma intensidad que en esta, o en la más distante que la muerte nos proponga, pero por muy lejana que esté… haremos siempre, que nuestro amor nunca se rompa

  Por eso, si yo no te tuviese a ti… sin cuerdas se quedaría mi violín, afónica mi voz y destrozado mi corazón.  



Alejandro Maginot




miércoles, 13 de mayo de 2020

Terror










   Te tenía miedo, mucho miedo. Oía tus llaves, acoplarse a la cerradura de la puerta de casa, y ya estaba temblando; jamás sabía lo que me esperaba, cada día bajaba al infierno contigo, aún sin merecerlo.

  Mi piel se abrazaba, como quemada por el sol, sólo con oír tu voz. Mis moratones hablaban por mi silencio, había dejado de amarte hace mucho tiempo, casi desde que contigo empecé a convivir.

  Yo oculté siempre el daño que me hacías, ¡claro que me preguntaron! pero aún dolida siempre te defendía. No sé si alguna vez llegaste a sentir, que de terror me hacía pis, inmovilizada quedaba bajo las palizas que me dabas, pero tú nunca lo notabas.

  Pánico hasta en tu ausencia sentía, pues hasta la razón la tenía perdida; me habías anulado, como se anula al animal abandonado. Compasión a Dios todos los días pedía, pero tú no desaparecías; olor a quemado es el que percibía, siempre que estabas a mi lado.

  Intenté suicidarme, pero a ti nunca se te movió la sangre. Impertérrito observabas, como de dolor por dentro me desangraba; ni una caricia, ni de compasión una mirada, sólo tu mano para pegarme me rozaba.

  No se odiar, como tú odias a cualquiera que sepa amar. Te nutres del miedo que proporcionas, a lo que crees que es de tu propiedad; naciste para esclavista en época equivocada, pues hoy no se puede maltratar, menos a una mujer, a la que supuestamente tienes que amar.

  Seguramente, ante la sociedad eres un cobarde y pagas tus frustraciones con lo más débil que tienes delante. En tu primer arrebato me sentí frágil, jamás pensé que con el tiempo llegaría a ser tan fuerte, soportando las vejaciones que me proporcionabas en cuerpo y mente.

  Hoy, una luz me ha iluminado, me ha proporcionado la valentía para alejarme de tu lado. Hoy ya no tiemblo, hoy ya veo el color, hoy he renacido como el arcángel caído… hoy no te odio pero si te olvido.


Alejandro Maginot
 





Último capítulo